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‘499’, o el México a 500 años de la caída de Tenochtitlan

Justo cuando se cumplen los 500 años de la caída de la gran Tenochtitlan —la escribo sin acento, a propósito, para quitarle la regla ortográfica que la hace someterse al idioma español, por esta ocasión—  y de la llamada conquista de México por parte de España, la película “499”,  remueve y confronta la identidad mexicana.

Dirigida por Rodrigo Reyes (“Purgatorio”), en una mezcla de ficción y realismo mágico, un conquistador español cuyo barco, en el que cargaba “toda su gloria y oro”, naufraga para llegar a parar al México actual.

Siguiendo la ruta de Hernán Cortés y sin decir ninguna palabra, solo anotando y observando, se encuentra con una mexicanidad de identidad mestiza, con problemáticas actuales como los desaparecidos y desaparecidas, el crimen organizado, los inmigrantes centroamericanos que se suben a “la bestia”, así como los ritos y costumbres que se arrastran desde la colonia.

“Cortés lloraría de rabia al ver que los salvajes mandan de nuevo en Las Indias”, dice en uno de sus monólogos donde, reflexiona y comparte el modus operandi de la conquista: “No nos costaba nada prometerles todo”.

“499” no cae en la romantización de la identidad mexicana. Es una apreciación usando al personaje del “conquistador” como testigo de cómo ese suceso histórico ha permeado y perpetuado vicios y costumbres, cómo creó esa identidad mestiza que tenemos como mexicanos, pero también, nos confronta.

El conquistador sigue buscando su dorado, su oro. Y eso, lo trae, al final, hasta Estados Unidos. Sigue persiguiendo la gloria y su oro  que le dio México y cuya caída le abrió el camino al resto de Latinoamérica. Y México, con su gran cantidad de mexicanos en EE.UU., la mayoría del llamado “mercado hispano”, sigue siendo su tesoro. Y eso no lo digo yo, Reyes lo plasma en “499”. Solo es una escena. Pero más claro, imposible. 

“Quinientos años frustrados creo que ya fue gran medida”.

Dice una estrofa del tema “El fin de la infancia”, de ese disco épico de Café Tacvba, llamado “Re” y lanzado en 1994, que refleja un mapa musical de México. (Pero esa es otra historia).

Nos llegó el fin de la infancia y de todas las cosas. La mexicanidad no tiene que estar atada a lo que fue, a repetir las alianzas que ayudaron a la caída, pero también, a no ser estando en el poder, opresores del resto de un país (eso lo digo por los aztecas/mexicas). 

Quitemos el gandallismo como “valor” mexicano. Creemos comunidades proactivas que reconozcan la identidad mexicana, tanto allá en México, como aquí en EE.UU.  Somos mestizos, pero somos mexicanos. 

Quitemos ideas como esa de que con la caída de México  “mejoraron la raza” y que uno no es “de esos mexicanos”. El valor lo tenemos. Solo hay que hacerlo valer participando activamente y dejando de “chingar” al prójimo, al paisano, aspirando a ser de la parte “europea” de nuestro ADN. Hay que dejar de decir “el peor enemigo de un mexicano, es otro mexicano”. 

Somos mexicanos; debemos dejar de cambiar nuestro oro por espejitos. Y para los mexicanos en EE.UU. «Nuestro oro» en este caso, es nuestra presencia en este país. Y las remesas y los productos que consumimos de México. Aportamos y valemos, tanto al México de allá, como al México de aquí. Y ahí están las cifras. No es invento.

Aquí, en EE.UU., se necesita y es urgente, manifestar la identidad mexicoamericana, mexicoestadounidense, chicana, o como se quieran identificar.

Porque, aunque somos mexicanos algunos y otros descendientes, esta es otra identidad que lleva la de México, la de la herencia, pero que necesita hacerse valer aquí para evitar solo siendo un eslabón que consume desde fútbol hasta pan de México (exportado), que crece figuras y programas de televisión, pero que sabe contar su historia y que la quiere contada. AQUÍ, en lo que el periodista y activista mexicano Jorge Mújica denomina, porque es, el «México del norte». Hablamos otro mexicano. Tenemos otra identidad que necesita representación desde en contenidos mediáticos y hasta representación política, AQUÍ.

Así como llenamos estadios de fútbol y recintos para eventos de entretenimiento y se nos enchina la piel al grito de México o al ver a nuestros artistas favoritos, mexicanos o no, tengamos ese mismo poder para votar, para elegir, para decidir. Somos una mayoría que históricamente ha sido rezagada, en ocasiones como modus operandi de sobrevivencia, pero ahí están las cifras. Y hay que hacerlas valer en todos los espacios.

Y a los que envían remesas, que se les respete y que cuenten, ALLÁ.

Esto no es una afronta a otra raza o grupo étnico, ni sentirse superior. Es invitar a una reflexión como mexicana mestiza, de aquí (EEUU.) y de allá (México). Eso es todo.

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