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Divas verdaderas: Lucía Méndez, Olga Breeskin, Rocío Banquells, Manoella Torres y Dulce

 

Alzar la ceja, ser altiva, engreída y ahora, tener no sé cuántos seguidores en redes sociales más fotos con un sinfín de filtros; eso no es ser diva, aunque la narrativa de las redes parece perpetuar esa imagen.

Una diva es la que por mérito propio, se destaca, permanece y más lo es aquella que por las vicisitudes de su vida y carrera, logra siempre mantenerse en pie, volver a reinventarse sin perder esa esencia que la hizo merecedora del cariño o favor del público primero, por su inigualable belleza física, sus dotes, su voz, su encanto o carisma.

Divas son aquellas que, saben o ya aprendieron que no compiten con la otra compañera a lado, que dejando a un lado la narrativa o postura machista que las hizo en su carrera, no tienen que andar peleando entre ellas. Divas son las que saben que cada una tiene algo propio que ofrecer, un don que hicieron y perfeccionaron a punta de práctica.

Divas, son las mexicanas Lucía Méndez, Olga Breeskin, Rocío Banquells, Manoella Torres y Dulce, que en su presentación del 23 de octubre en el Copernicus Center llenaron con su presencia, con dones, con su voz, con sus acordes, cualquier espacio del lugar. 

Mientras que la belleza de estas mujeres las hizo blanco de las miradas masculinas, en ocasiones del escrutinio de las mujeres —por esa eterna narrativa, más en esas épocas, de la competencia entre féminas por “el premio” de la atención masculina— también hubo una generación de niñas que crecimos admirándolas viéndolas en la pantalla. 

Siendo la televisión y el cine el único referente en ocasiones, de qué otras mujeres o modelos a seguir había más allá de los de casa, de la calle o de las escuelas, estas mujeres eran vistas como algo que se quería ser: bellas, talentosas e independientes, a su manera.

Lucía es la bella eterna, la que le robó el corazón a tantos y que tiene ese encanto y gracia que no se va;  Una de las grandes figuras de las telenovelas mexicanas de las décadas de los 80, 70 y 90, ha sido la “Colorina”, “Viviana”, “Vanessa”, la de “Tú o nadie” , Diana Salazar la del “Extraño retorno” y la “Señora tentación” (de frívolo mirar)

Olga Breeskin, aquella del físico imponente, la de las noches de “Todos queremos ver a Olga”, es primero, una gran violinista cuya belleza no supera el arte, talento y disciplina que le heredó su padre, Elías Breeskin, al educarla a tocar el violín. Olga no le pide nada a ningún concertista destacado. Ese es su gran arte.

Rocío Banquells, con el talento que heredó de su papá, Rafael Banquells, uno de los grandes actores mexicanos y una voz que interpreta a un nivel de notas increíbles, más todo eso de ser más que «la hija de»; Manoella es “la mujer que nació para cantar”, elegante, afinada, toda una dama de la interpretación y Dulce, no es “la muñeca” —como su canción— de nadie. Es una señorona disciplinada con una voz privilegiada y un garbo imponente. 

Todas han sido blanco de comentarios de la llamada prensa sensacionalista, de esa que ventila cosas privadas y repite, hasta el cansancio, el modelo de que es bueno que hablen de ti, aunque sea mal, de ese tipo de notas que enfatizan que “ya no son las de antes”, que las quiere por siempre, ubicar en una época que ya fue, que las obliga a ser eternamente bellas, porque eso hacen con las figuras públicas.

Porque todas, en su momento, lo han sido. Han sido blanco de escrutinio y críticas pero todas, se han mantenido fieles a sus convicciones, han aprendido de sus errores, se han caído, levantado, reinventado. 

Ellas, las divas, mantienen su belleza como les dé la gana. No me parece que sean presas de su imagen. Son vanidosas y si se cuidan, lo hacen ya porque les da la gana, no es porque “vivan de su físico”, que el talento lo tienen y ese es el que ahora, ha sobresalido y les permite ir más allá de lo físico.

En la juventud, para las mujeres, la belleza puede ser un impedimento para mostrar el talento, como siempre decía una de las grandes divas, la española Sara Montiel, “Saritísima”. Con el paso del tiempo, se vuelve “un handicap menos”, para mostrar el verdadero talento. 

Y eso hace a las verdaderas divas, eternas. 

Más noches con verdaderas Divas del escenario y de la vida. 

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